jueves, 19 de octubre de 2017

Entre sábanas y piernas, qué no hacer al sentenciar


Antaño, según cuenta don Orestes Zegarra Zevallos (Ex presidente de la Corte Superior de Justicia de Arequipa y ex vocal Supremo), existía una llamada “sentencia de piernas”, en la que el Juez, tomando un libro, ordenaba a su asistente o practicante: “copia en la sentencia, desde tal parte hasta tal otra” y éste, poniéndose el libro sobre las piernas empezaba con la labor de transcripción en viejas máquinas, que permitía sentencias con citas de doctrina o jurisprudencia, propias de un discurso jurídico, pero carentes de una debida motivación jurídica para el caso, sin importar lo extensas que éstas sean.  Los abogados con canas sabían que toda sentencia larga se iniciaba con un libro sobre las piernas de alguien y no, necesariamente, en la reflexión del Juez.

Como nos gusta ser modernos, imitando el pasado, hoy están en moda las llamadas “sentencia sábanas”, que ya no se soportan en las piernas de alguien, pues con ayuda de la moderna tecnología, es decir del “copy and paste” se ha hallado la manera de hacer sentencias largas, extensas, que nos hace creer que argumentamos y/o motivamos nuestras decisiones, cumpliendo las exigencias establecidas por el Art. 139, inciso 5, de la Constitución Política del Estado.

Versiones aparte, las sentencias sábanas se caracterizan por su extensión, no fruto del propio razonamiento, sino por la abundancia de ideas ajenas. Se suele encontrar citas de Echeandía sobre el onus probandi, transcripciones de conceptos doctrinarios, menciones a docentes desconocidos, jurisprudencias y más, llegando recién al considerando sexto o séptimo subtitulado los hechos del caso, para empezar la real motivación del fallo; y uno, ante tanta cita doctrinaria y jurisprudencial, espera un sesudo análisis o pieza jurídica, que muchas veces no se halla, sino pocas líneas más abajo, con la conclusión de si la decisión fue fundada, improcedente, infundada, nula o revocada. A veces queda la impresión de que la Ley de Pareto también incluye a los fallos judiciales, pues en el 20% de la sentencia está el 80% del valor y viceversa.

Se exige una debida motivación a las decisiones judiciales, como una garantía en favor del justiciable, pero además de ello, es la forma que tenemos los jueces de revelar lo imparcial de la conducta, la capacidad de análisis y conocimientos al decidir. Si nadie es perfecto, los jueces no son la excepción y podemos errar al argumentar y concluir con error lo que creíamos correcto. No hay quien se escape de esta regla, pero lo que no podemos hacer es confundir meras transcripciones con fundamentaciones o motivaciones.

¿Cuán extensa debe ser una sentencia?, lo necesario, ni más ni menos. La única medida es el análisis razonado de los hechos del proceso, alegaciones de las partes y las pruebas del mismo. Razonar no significa enumerar pruebas, sino someter al juicio crítico lo que será resuelto; argumentar tampoco es explayarse, sino dar razones que sustentan las decisiones que se adopten. No debemos extendernos en transcripciones y abusar de los argumentos entimemáticos (aquellos que no se ven, pero que están allí). Es una tarea que estamos olvidando, pues estamos haciendo sentencias que más allá de la reflexión, buscan impresionar como un buen discurso jurídico, olvidando que hacemos sentencias y no discursos y que los destinatarios primarios de lo decidido son las partes y no la tribuna.

Es cierto que existen sentencias que requieren ser extensas, pero no son todas. En los casos difíciles, emplearse a fondo para ser entendido por los destinatarios es una obligación; sin olvidar que las sentencias tienen que ser claras y que no se dictan para agradar o para que admiren alguna sabiduría, sino para resolver razonadamente un proceso, sobre la base de las pruebas actuadas y el derecho aplicable.


Entonces, amigo lector, jamás olvide que una vez Blas Pascal escribió una extensa carta a un amigo, en la que empezó diciendo “disculpa que te escriba tanto, pero es que no tuve tiempo”, pues cuando uno dedica tiempo a pensar, pondrá lo necesario para que la decisión sea entendida por el destinatario, es decir sin citas inoportunas ni transcripciones fatuas; pues si comparamos una sentencia con obras de arte, la extensión de una película, no garantiza su calidad, y usar piernas y sábanas en sentencias jamás será lo correcto.

Publicado en la Revista Actualidad de la Corte Superior de Justicia de Arequipa (Oct. 2017)

lunes, 16 de octubre de 2017

¡Cosechando los mares, sin sembrar las tierras!

Amado Nervo, nos cuenta, en su poema “En paz”, que cuando sembró rosales, cosechó rosas; estimo que era necesario, que nos diga además, que se tiene que cuidar la planta, para lograr hermosas flores; que la hierba mala es la única que desarrolla sin cuidado alguno.  Esto viene a colación, porque una vez más, para variar, la desconfianza en la labor del Poder Judicial aumenta en desaprobación ciudadana, y cuesta saber que pese a cada esfuerzo de mejora, no logramos revertir tal tendencia.
Hay innumerables intentos, nuevos servicios, registros y más acciones por mejorar el servicio de justicia y pese a ello los ciudadanos nos miran de mal en peor. Esto tiene muchas razones, que van desde creer erróneamente que mejores estadísticas optimizan percepciones: los números no ganan afectos; hasta hechos internos de forma y esencia, que debemos corregir, tanto en contenido como en apariencia, que el César era consciente que su mujer además de honesta, debía parecerlo y ello exige que como judiciales nos esmeremos en trabajar de manera más ordenada y pulcra, en la gestión de nuestra persona y expedientes, pues ver una oficina atiborrada de papeles, no nos invita a pensar que hay mucho trabajo, sino que o se trabaja con desorden o no se sabe trabajar; que no es falso que todo entra por los ojos y algo en caos, no se interpreta como eficiencia.
La envoltura debe resaltar el contenido, por lo que no vale en nada tener notificaciones electrónicas si seguimos notificando además físicamente y resolviendo lentamente; todo arreglo sin contenido es como un maquillaje que no sirve. Además de cuidar nuestras formas, para revertir tendencias, debemos gestionar adecuadamente los procesos y justificar el contenido de las decisiones.  Somos responsables de sostener a diario los cambios que se promueven.
Es una tarea que en desgracia estamos solos, pues si bien la gran mayoría, exige un país sin corrupción, sin inseguridad ciudadana, con un Poder Judicial confiable, a pocos les preocupa plantar la semilla adecuada; basta salir a la calle y ver cómo la grúa se lleva a un carro aparcado en zona prohibida para mascullar que eso fue así, porque el policía quería su coima, poniéndonos al lado del infractor, o nos pasamos la luz roja y si el policía nos para, es que quiere su marmaja y no imponernos la sanción que merecemos. Ejemplos existen miles, en gran medida somos ciudadanos que queremos beneficios, pero sin tener responsabilidad. Esto aplica a ciudadanos de a pie como a autoridades que causan cada desastre, pero que no se consideran culpables de nada, excepto víctimas de un complot de opositores, siendo sólo un mal ejemplo.
Entonces querido lector, tenemos una gran labor que cumplir como servidor jurisdiccional y ciudadano, para obtener un futuro diferente. No seamos los ciudadanos que en tiempos de clasificatorias al mundial y peruanismo encendido, andan cosechando los mares, sin sembrar las tierras, porque si bien el Perú es otro nombre de la gloria, es un país cuyo futuro necesitamos construir; mejorando formas y contenidos. Hay que llegar al mañana, con una mayor calidad de vida para todos, y es a ese futuro al cual también debemos clasificar, no sólo 11 valientes, sino todo un país; que si no sembramos para el futuro, seguiremos cosechando lo malo del presente.

(*) Publicado en el diario La República, en la fecha.

martes, 5 de septiembre de 2017

La reforma deformada

En la película Billy Elliot, un niño que ama el baile y ansía ser un bailarín profesional de ballet, superará la oposición del padre que lo quería boxeador; el protagonista, con su lucha, nos inspira a ser, pensar diferente y actuar hasta llegar al objetivo propuesto. Casi todos queremos un mejor Poder Judicial, con un correcto servicio a los usuarios, abogados y, añado, mejor calidad de vida de quienes pasamos los días tratando de resolver problemas ajenos. Lo malo es que el trabajo y sobrecarga procesal vencen y los deseos de cambio, se han vuelto solamente sueños idos, y todos eternizamos lo que queríamos cambiar.
Hoy la justicia civil, tiene una sobrecarga y complejidad que la está volviendo más lenta de lo usual. Esto no es nuevo. En 1993, se dio un nuevo Código Procesal Civil (CPC), que más allá de errores y aciertos, fue un gran cambio que, a través de dos audiencias (saneamiento-preliminar y actuación de pruebas), pretendía poner fin a la infinidad de articulaciones procesales y resolver adecuadamente un litigio. El resultado no fue el esperado, por varias razones; destaco 3: a) Jueces que no tenían el nivel de preparación requerido y si lo tenían, actuaban como en el pasado; b) Abogados y litigantes que viven de prolongar hasta el infinito un proceso cuando son demandados e indignados por la lentitud cuando demandan y hallan su alter ego en el abogado contrario; y c) un Estado que no entendió que no es suficiente cambiar normas o implementar juzgados, sino tener una política sistémica con tal fin.
Ante el mal resultado, diferentes gobiernos, sin reflexión profunda, dieron pasos hacia atrás y deformaron al proceso civil, para volverlo escriturario con pinceladas de oralidad, eliminando la audiencia preliminar mal manejada. En lugar de pensar que no funcionaba y hacer cambios, potenciando lo bueno; se “avanzó al pasado”. Todos sufrimos los resultados de dicha deforma: Litigantes envejecidos esperando se resuelvan sus causas (que no son siempre justas); jueces y servidores estresados por la sobrecarga procesal, con causas pendientes de resolver y ejecuciones que nunca acaban; abogados que gozan o padecen del litigio, según sea la ocasión.
Cuando se está mal, hay que poner el pecho y ser el ejemplo. Los jueces civiles debemos recordar que somos directores del proceso, no sólo para tramitarlo, sino para gestionarlo modernamente en aras de una solución adecuada y pronta. Mantenemos la facultad del Art. 51, inciso 3 del CPC, que permite hacer una audiencia preliminar con el concurso de litigantes y abogados. Si bien se erró en el pasado, no pasa día sin aprenderse algo nuevo; debemos agregar valor en la gestión del proceso, con técnicas adecuadas para resolverlos pronto. Nada es claro hasta que se ven mejoras; una adecuada gestión, permitirá una mejor vida para todos.

Entonces, amigo lector, no pierda el ideal que de joven abrigó, al elegir ser abogado, ser servidor judicial y/o Juez: Un mejor sistema de justicia; que todos llevamos un Billy Eliot luchador. Insistamos en nuestros sueños de jóvenes, con creatividad y firmeza, que para ello sólo necesitamos actitud, pero con acción. En el caso de la justicia civil ¡que el profesional que es, no perennice lo que quería cambiar de estudiante!
(*) Publicado en el diario La República el 04.09.2017

lunes, 6 de marzo de 2017

Adiós a las mamacitas lindas

Cuando éramos muchachos, allá en el siglo pasado, aprendimos con amigos mayores, que piropear era un ejercicio de originalidad o gracia, para resaltar la belleza que tiene toda mujer, y aspirabas a una sonrisa devuelta como premio, que a toda acción sigue una reacción. Esta práctica, viene desde la colonia, en la que luego del sermón dominical, los jóvenes sueltos en plaza, daban rienda suelta a su imaginación con elegancia. Eran tiempos diferentes, en los que la letra podía entrar con sangre y chitúm, calladito para la casa, que si tu padre se enteraba que en el colegio te coscorronearon por faltoso, no creía en el “Ne bis in ídem” (no hay doble pena por el mismo hecho) y castigado nuevamente.
Con el tiempo, la falta de lectura, cultura y el afán de ir en peor, han convertido a muchos piropos en trilladas frases que tienen que ver con un descuidado San Pedro que deja bajar ángeles a diestra y siniestra, hasta llegar a groserías que agravian a cualquier persona, pero lastimosamente con aprobación simplona de muchos.
Los tiempos actuales, nos enseñan con acierto, algo que no sabíamos: que por más linda que sea la frase, no tenemos derecho a importunar a las personas que van por la calle. Una regla de convivencia es que respetos guardan respetos y otra, del derecho es, no dañar al otro; por eso no podemos piropear, menos hostilizar, ni hacer sentir mal a nadie. Respetemos y si nadie nos invita expresamente, no darnos por aludidos, que es falso eso de quien que calla otorga.
Como a veces no entendemos a la buena, la mañosería va en aumento y el respeto al prójimo es una antigualla, se ha dictado la Ley Nro. 31314, que sanciona el acoso sexual producido en espacios públicos. El acoso, puede ser físico o verbal, de naturaleza o connotación sexual (doble sentido) y es la intimidación, hostilidad, degradación, humillación o creación de un ambiente ofensivo. El acoso se manifiesta a través de palabras (mamacita linda), hechos (seguir a alguien), gestos (besos volados), comentarios e insinuaciones sexuales (I have one pencil), tocamientos indebidos (no haga el que se cae), roces corporales, frotamientos (no se arrime), entre otras conductas.  Los gobiernos regionales y locales, que son los competentes para sancionar los acosos sexuales callejeros, consideran que lo mejor es multar a los infractores. Se pretende, así, que respetemos al prójimo, lo que es correcto; que cada quien tenga su espacio, se vista como le gusta y que viva sin dañar a otros.
Entonces amigo lector, sea consciente que los tiempos cambiaron. Debemos respetar a todos y a todas, y si alguna musa tentadora lo inspira a decir algo divertido y bonito, mejor guárdelo en el bolsillo derecho, junto a sus llaves y cierre la boca; memorícelo, llegue a casa y dígalo con cariño a su mujer amada, que sin duda lo merece; porque si la lengua lo vence en la calle, sonará algo como “yo por ti, pagaría toditas las multas”, pues la destinataria no le devolverá una sonrisa, sino pedirá que lo multen y el sereno lo pondrá en vereda, golpeando la parte más sensible que tenemos: la billetera.

(*) Publicado en La República, en la fecha

lunes, 6 de febrero de 2017

Notas de interés para jubilados

Afirman con razón que justicia que tarda, no es justicia, pero vaya uno a ser veloz, frente a los vericuetos que pueden existir cuando uno revisa una pericia sobre adeudos pensionarios y no logra entender los factores específicos, acumulados y otros más, simples ante los ojos de doctos, pero nada claros para jueces legos en temas matemáticos. Todavía hay quienes creen que si son nulos en la ciencia de Pitágoras, deben dedicarse al derecho; gran error que crea legiones de abogados, que una vez soltados al ruedo, lamentan las dificultades de esta profesión, y batallan en ella porque trabajo es trabajo sobre todo cuando escasean las lentejas y se tiene familia. Para ser Abogado, además de gustarle la lectura, debe tener sensibilidad social para defender los derechos de las personas, entre otras cualidades.
Los jubilados, que como lo ha dicho más de uno, no son nuestro pasado, sino que son la versión presente de nuestro futuro. Como la edad lo requiere, están incluidos dentro de la población vulnerable y deben tener un tratamiento especial en sus procesos judiciales (carátula roja). El tratamiento especial, no tiene que ver con ser generosos con lo ajeno y darles lo que no les corresponde, sino que significa atenderlos preferentemente: si no tienen derecho, decirles no prontamente y si lo tienen, no solamente reconocer el beneficio, sino que además debe obligarse a pagar a quienes les toca hacerlo.
En desgracia para nuestros mayores de la tercera edad, la parte deudora, suele ser el Estado (ONP, Gobiernos locales, etc.), que lejos de predicar con el ejemplo, suelen batallar para no pagar, hacerlo tarde y si se puede, nunca. El debido proceso no fue creado, para alargar los juicios, pero en la práctica se ve ello. Con vergüenza debemos reconocer que existen sentencias que para que el Estado pague a un jubilado, se tiene que litigar más de 10 años, cobrando en algunos casos, los sucesores del demandante.
Una de las causas de las demoras, además de la sobrecarga procesal, son las pericias en ejecución de sentencia. Los peritos llamados a liquidar deudas, presentan dictámenes según su modelo preferido, existiendo varias presentaciones de lo mismo, y dejan patidifusos a los adultos mayores y confundidos a los jueces ¿Qué pasa cuando se hacen de diversas formas las liquidaciones?, pues se genera confusión en el Juez que aprueba o desaprueba la pericia, el Estado apela por costumbre, y el Superior, con varias dudas, termina por anular todo y a empezar de nuevo. Todos perdimos, hasta los árboles talados para hacer papel murieron en vano.

¿Qué hacer amigo lector? Una solución es obligar a los peritos que usen una misma presentación para sus pericias, de manera simple, en las que el Juez, abogados y adultos, entendamos: a) la remuneración de contingencia; b) la aplicación de intereses legales no capitalizados por disponerlo así precedentes judiciales; c) el uso de los factores acumulados (olvídense del factor específico); d) los factores acumulados del interés legal son los mismos que se publicitan para el interés laboral, sin necesidad de hacer conversiones. Con esto haremos simple lo que no es complejo y resolveremos de manera más pronta los pedidos de los jubilados, y el Superior en grado, confirmará o revocará las decisiones, sin anularlas. Así ganamos tiempo todos, en especial los jubilados, que son quienes más lo aprecian.
(*) Publicado en la fecha en la República, Edición Sur.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Ni uno más y ni una menos

Viendo las noticias actuales y en un esfuerzo por interpretar lo que sucede en el día a día, suelo imaginar que si Jesucristo hubiera vivido en la actual sociedad, hubiera muerto apedreado el día en que al ver el intento de fundamentalismo y masacre a la Magdalena, hubiera dicho “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. La turba, simplemente hubiera afinado la puntería y gritado “todos al metiche” y piedra tras piedra, los no libres de pecado hubieran puesto fin a quien tuvo la osadía de pretenderlos hacerlos reflexionar y ver su interior antes de juzgar a los otros.
Este comentario viene a colación, porque como sociedad, estamos prefiriendo juzgar sin reflexionar, antes que escuchar razones, nos negamos a oír argumentos ajenos, a través del griterío. No hemos caído en cuenta que los medios nos han convertido adictos al escándalo, a la risa fácil y a encontrar en los antivalores diversión; la chismografía de los lunes necesita víctimas; no es raro, que el rating televisivo o las compras mayoritarias vayan hacia los programas y noticias que exponen vergüenzas o exhiben malcriadas en sus portadas.
La violencia en contra de la mujer, es algo que no podemos tolerar, así como tampoco podemos aceptar la violencia contra cualquier ser humano. No sólo es un problema de género, sino que es un problema de todos. Cuando no se reflexiona en las causas del problema, suelen darse leyes como la actual que trata de prevenir y combatir la violencia familiar. Sí, los congresistas creen que la violencia pasa más por un tema de prontitud judicial, es decir que si el Poder Judicial actúa rápido, no habrá golpeados en casa, que la violencia doméstica se acaba en los tribunales.  En esa lógica, todo lío hogareño, en 72 horas debe tener una medida de protección que solucione la vida, lo que es imposible porque faltan policías para hacer cumplir las medidas, faltan pruebas que no se pudieron acopiar por lo corto del plazo, faltan pericias que ayuden a tomar decisiones, entre otras cosas; pero así se dictan medidas de protección que resuelven poco. ¿Qué generan soluciones prontas que no pueden cumplirse? Frustración para la víctima y burla para el agresor; un giro más y la violencia, como la materia, no se crea ni se destruye, sólo se agudiza.
En la marcha de “Ni Una Menos”, junto a quienes sufren la violencia y quienes lo hacen por convicción, estuvieron las personas que fomentan la violencia y que son fieros indignados de lo que ellos crean por un rating, en programas televisivos, en los que la violentada termina perdonando al golpeador y parte del show es la violencia; en desgracia ellos seguirán siendo los referentes de la cultura popular.
¿En qué momento nos convirtieron adictos a lo superficial? Difícil saberlo, pero si como sociedad no reaccionamos, el futuro tendrá más violencia. ¿Qué hacer?, empezar en casa, asumiendo plena responsabilidad de nuestras acciones, enseñar a los nuestros que la hipocresía en las relaciones públicas, no es una virtud, es un defecto, que sólo el que queda bien con todos, lo hace para esconder su maldad. Ardua labor cuando cada vez la cultura del vivo tiende a imponerse; pero no veo otro camino para una sociedad mejor.
Entonces amigo lector, si queremos ni una menos, no seamos uno más de los que sin reflexión alguna gritan contra la violencia y no practican la igualdad en casa; que a veces su tono callejero, es el que normalmente usa en su hogar. Todos, sin distinción de género, merecen respeto y no violencia.
(Publicado en la revista de la CSJA Actualidad - Nro. 8, Septiembre 2016).

lunes, 25 de julio de 2016

Arrendamiento y desalojo, aciertos y desaciertos

Al momento de presentar el libro “Arrendamiento y desalojo”, es necesario referirse al padre del Ajedrez moderno en la desaparecida escuela soviética, Botvinik, quien afirmaba que solamente publicando sus trabajos, un ajedrecista progresa, porque esa tarea de someter a la crítica ajena, el trabajo propio permite identificar errores y hacer correcciones: “Usted no publica, entonces hágalo y al cabo de un par de años hablaremos de mejorar”. Los jueces, “sin querer, queriendo”, hacen públicas sus decisiones para las partes y sus abogados y, a la vez las “cuelgan” en internet, para que la comunidad pueda hacer crítica de ellas, sea a través de la prensa o publicaciones especializadas.
En desgracia, en nuestra sociedad, existe mucha intolerancia a la crítica, en la falsa creencia de la perfección propia. Hasta cuando caemos mal, culpamos al otro de no apreciarnos bien. Los jueces al publicar sus decisiones, además hacen públicas las razones que los llevaron a tomarlas y, como seres humanos que somos, tenemos errores derivados de nuestra formación, nuestra percepción de las cosas u otras. Sin pretender lavar las manos, no son pocas las ocasiones en que los abogados hacen que los jueces se equivoquen. Alejandro García Nieto, con la ironía de la que hace gala, justificaba al Juez señalando que si los abogados le llevan paparruchadas en un sentido y otro a la vez, no es raro que el Juzgador suelte una patochada mayor al decidir; lo que es verdad, pues la administración de justicia, además de jueces capaces y honestos, requiere de abogados preparados y leales y éstos a su vez requieren de clientes que siempre se conduzcan con respeto y verdad (lo más difícil de hallar).
Al término del proceso, el litigante tendrá la mejor o peor opinión del Juzgador, dependiendo cómo le fue. El vencido, con su abogado, denostará la decisión y acusarán de miopía intelectual y moralidad dudosa al Juez; el vencedor se halagará y presumirá sabiduría.  Ambas posturas no favorecen a la mejora de la justicia, pues lo importante para todos es someter a un análisis crítico la decisión y no a la persona. Allí sabremos si acertó o equivocó el Juez, allí podremos corregir el error o difundir el acierto. Las críticas pensadas, permiten a jueces y abogados mejorar su labor.
Y todos podemos hacer críticas pensadas, lo único que se requiere es, paradójicamente, pensar y hacer conocer a las personas lo que se piensa.  En el libro “Arrendamiento y Desalojo”, se pretende ello; se analizan dos instituciones: el contrato de arrendamiento y el desalojo, a través de la jurisprudencia, doctrina y casuística.  No es un estudio monográfico tradicional, sino es encontrar en las vivencias diarias, el derecho aplicable; de lo más simple a lo más complejo; de lo más antiguo a lo más novedoso. Se expresan dudas y contradicciones que presenta la legislación y jurisprudencia, se desarrolla doctrina, pero todo sobre la base de historias de a pie y escritorio.
Entonces, querido lector, se trata de un libro puesto al alcance de todos, con el que se identificará y aprenderá; y es una forma de someterse a la crítica ajena para corregir lo que se debe, pues como afirma Fischman, aun cuando no sea grato, que nos digan nuestros errores, es la única manera en que podemos aspirar a ser mejores.

(Publicado en el diario La República el 25.07.2016)

domingo, 17 de enero de 2016

La felicidad por sentencia

En la película “En busca de la felicidad”, que protagoniza Will Smith, se nos recuerda que la felicidad, no llega a tu vida, a menos que trabajes para lograrla. El argumento, del film, es luchar por lo que uno quiere y aun cuando sea dura la jornada, no debe decaer el empeño, que al final serás  feliz. El “sí se puede” es una frase que nos anima a seguir y al final terminamos creyendo en nuestro propio esfuerzo para conseguir lo deseado. Sin embargo, para algunos, la felicidad no es algo que requiera esfuerzo, sino que, para un presidente extranjero, era suficiente crear un ministerio de la felicidad y ordenar por decreto que todos son felices: “qué esfuerzo ni sacrificio, suficiente decretar que somos felices y actuar como tales que la fiesta hoy no acaba”.
Si el ejemplo es tragicómico, en nuestros actos diarios nos aproximamos mucho a ello, claro que, sin darnos cuenta. A veces celebramos contratos, firmamos pagarés, nos prestamos dinero y con el dinero en el bolsillo o la palabra recibida, empezamos a gastar, cuando el éxito en el negocio no es claro, como en una versión moderna de la lecherita camino al mercado, historia hoy desconocida por nuestros hijos.
Muchos litigios que llegan a nuestra Corte, se deben a que las partes o no entendieron a lo que se comprometieron o no pueden cumplir lo ofrecido.  Cuando ello sucede, el incumplido demandado, en más de las veces, en lugar de honrar su palabra, se enfrasca en dilatar el proceso.  El que no previó el incumplimiento no entiende que un proceso judicial toma más tiempo que el deseado.  Se afirma que la justicia que tarda no es justicia, pero la que acelera demasiado tampoco. En un proceso hay que pensar, tanto jueces como abogados y ello toma tiempo.
Luego de un proceso, a veces se cree que una buena y/o justa sentencia es suficiente para recuperar la felicidad; pero la vida demuestra que una sentencia es un paso más, en el largo camino de la justicia y que la ejecución de la misma, es un martirio, sobre todo, para quienes litigan contra el Estado.  Pero no sólo es el Estado el que incumple, sino que muchos vencidos en juicio imitan lo malo.
Existen casos en los que es mejor buscar la felicidad a través de la solución amistosa de un conflicto mediante una conciliación o transacción, que llevar su caso a un Tribunal.  No es que los Tribunales estén demás, sino que da la razón a una de las partes y más de una vez, la razón está en ambas o en ninguna.  Hay procesos de división y partición de herencias, entre hermanos que duran más de 10 años y sea cual fuere el resultado ya perdieron todos. Invite al diálogo, que Mahoma iba a la montaña cuando ésta no lo visitaba. No olvide que negociar significa, en latín, negar el ocio, es decir, trabajar para lograr una solución.  

Entonces, estimado lector, si no desea el largo tránsito del litigio judicial para buscar su bienestar, reflexione antes de cada decisión y contrate pensando si podrá cumplir o no y averigüe los antecedentes de las personas con quienes trata. Más que ganar un juicio, evítelo a través de buenos tratos. Benjamín Franklin decía que la felicidad no es un golpe de suerte, sino es un construir diario con pequeños logros.  Dese la oportunidad de construir su futuro, que su vida no se arreglará con una sentencia, menos con un decreto.

(Publicado en el diario La República el 11.01.2016)

lunes, 14 de diciembre de 2015

Combatiendo el escándalo y no el pecado

Las personas suelen repetir una frase sin sentido “Dios perdona el pecado, pero no el escándalo”, y es que tanta sabiduría popular, revela solamente, que son preferibles las apariencias que las realidades.  No importa portarse mal, lo importante es que nadie te pille.  Si bien a nivel popular la lógica puede funcionar, a nivel de decisiones de Estado, revela solamente, el poco nivel de entendimiento de las cosas que tienen, nuestros legisladores, a la hora de construir un mañana mejor.
En desgracia, no son raros los incendios de galerías comerciales en nuestro país y a cada incendio que se produce, la respuesta de casi todos es la misma: pedir más recursos para los bomberos. Los bomberos necesitan más recursos, no hay duda; pero, ayudaría más se trate de prevenir incendios que combatirlos, es decir, que a cada licencia municipal que se otorgue a un mercadillo, se exija previamente, por ejemplo, alarmas detectoras de humo y/o rociadores de agua contra el fuego. No se debe tratar de menguar los efectos de los desbordes de ríos, comprando más carpas para atender a las víctimas, es preferible limpiar los cauces para aminorar las inundaciones.
Actuando con prisa, se han promulgado dos leyes para juzgar en fresco y rápidamente la violencia familiar y evitar la demora de algunos procesos penales; es decir, no se busca evitar la violencia o delincuencia, sino juzgarla más rápido. La carga se tornará inmanejable. Jueces y trabajadores jurisdiccionales, pondrán sus esfuerzos inútilmente, porque como ambas leyes castigan hechos, sin conocer las causas que los ocasionan, harán que la frustración permanezca. Si en un primer momento parecerá que las leyes son buenas, al poco tiempo la violencia y delincuencia seguirá igual y sentiremos la frustración de tanto esfuerzo por nada.
En la Ley sobre violencia familiar, no se comprende que la violencia es un problema económico y cultural, por ello se centra más en fomentar las denuncias que en evitar los maltratos y tratar de resolverlos con la cabeza caliente. La ira es mala consejera. Lo agravante es que si los jueces y especialistas no resuelvan en 72 horas, estos se irán a chirona; y el pegalón, bien gracias.  La ley de flagrancia, pretende concluir procesos rápido, con la prisión como solución, lo cual si bien, es necesario muchas veces, una sociedad carcelaria, es una sociedad sin futuro.
Así como la justicia que tarda no lo es, tampoco lo es la que se apresura. Se debe pasar del análisis de los hechos a la recurrencia de los mismos y finalmente atacar la estructura que los ocasiona (evento-patrón-estructura), sólo así entenderemos que parte de los problemas de la violencia familiar y penales se dan cuando se enseña sólo derechos y no el deber de respetar al prójimo ni lo ajeno.

Entonces amigo lector, no es que pecado sin escándalo no es pecado; si bien es cierto que necesitamos leyes firmes para combatir problemas, es un mal síntoma que las soluciones a nuestros males terminen con una cárcel de por medio. La ilusión de la rapidez del proceso, terminará cuando se evidencie lo inhumano que es resolver casos con escaso tiempo para reflexionar. Si queremos menos violencia contra las mujeres y menos delincuencia, combatamos sus causas; pues la ciudad más limpia no es la que tiene más barrenderos, sino aquella en la que sus ciudadanos la ensucian menos.

(Publicado en la fecha en el Diario La República)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Crónica de una huelga anunciada

A diferencia de lo que sabía toda la población, Santiago Nasar, se enteró que iba a ser asesinado, por los gemelos Vicario, sólo minutos antes del hecho. No pudo hacer nada por salvar su vida, ni aún esconderse en casa; porque, para mayor desgracia, su propia madre, creyendo que su hijo estaba adentro, al ver acercarse a los asesinos, cerró y trancó la puerta evitando todo ingreso. Santiago fue asesinado en la puerta principal de su casa.  Esta novela de García Márquez (Crónica de una muerte anunciada), pese a situarse en hechos de 1951, es una obra atemporal, que destaca, entre otros, el drama de saber que algo pasará y no se actúa para evitarlo.  En el caso judicial, la huelga de ahora, que llevan a cabo los servidores judiciales, todos la sabían, excepto, al parecer, aquellos funcionarios del Gobierno que creen que los oídos sordos son buenos consejeros, sin importar el perjuicio que se ocasiona a la población, en especial a litigantes y abogados.

Cerca de la aprobación de la Ley del presupuesto, suele iniciarse la huelga judicial.  El reclamo de los servidores judiciales es harto conocido: mejores remuneraciones; la respuesta del Gobierno, también: ¡Nones y que pasen a la Ley Servir! Si siempre hacemos lo mismo, tendremos idéntico resultado: Huelgas, horas-hombre perdidas, población afectada y abogados litigantes con bolsillos vacíos.
Ser judicial en el Perú, es un trabajo duro e incomprendido.  Para muchas personas se trata de seres inescrupulosos que dilatan procesos y venden resoluciones a postores; para algunos abogados litigantes, los judiciales, o son sus amigos cuando les sirven prestos, o son déspotas si les tratan como a cualquier otro, o son incompetentes si demoran los procesos. Nada más lejos de la realidad. Los judiciales, son servidores que trabajan en la resolución del conflicto ajeno, con cargas laborales a veces exageradas, expuestos al maltrato de bravucones que levantan la voz como razón, con jornadas que superan las 8 horas diarias, laborando fines de semana; observados al centímetro por la Oficina de Control.  Estos servidores necesitan una ley que regule su trabajo, reconociendo su labor; no es conveniente la ley Servir, porque no se puede medir por igual lo que es diferente; también requieren remuneraciones justas, para que se concentren en trabajar sin tener las angustias de no llenar la canasta familiar. Los litigantes ganarán en sus procesos, cuando los especialistas legales, técnicos, auxiliares y más, sólo les preocupe resolver sus casos y no estén pensando en cómo se parará la olla.
Así como hay buenas y malas personas, hay buenos trabajadores y malos que les gusta driblear el trabajo y respirar sólo cuando es necesario.  A esos malos judiciales que no están al día, no les importa ver cómo se acumulan los escritos o tienen uñas largas, debemos sacarlos del Poder Judicial, por el bien de todos, sobre todo, por quienes se esfuerzan y mantienen honestamente a sus familias.

Entonces amigo lector, no crea que la huelga es obra de vagos pedigüeños; hay servidores judiciales que trabajan duro y reclaman un mejor salario que les permita dedicarse a trabajar sin angustias domésticas, sabiendo que sus hijos tendrán las mismas oportunidades que otros.  Sé que usted también labora duro y espera al llegar a casa, rendido de laborar, dar a su familia lo que corresponde. Usted es un hombre que busca justicia, así como los judiciales buscan una remuneración justa. ¡No cerremos los ojos ante una huelga que pudo evitarse, teniendo oídos abiertos!

lunes, 14 de septiembre de 2015

Combatiendo a delincuentes

En nuestro país, con una delincuencia en aumento, es fácil creer lo que, con cierta ironía, afirmaba el filósofo Demonax: “las leyes son inútiles, porque los buenos no las necesitan y los malos no se hacen mejores con ellas”, por ello hay quienes creen que la solución contra la delincuencia pasa por chapar al malandro, darle unos buenos golpes que dejen huella y santo remedio para acabar con el crimen; pero no es así, porque la violencia sólo crea resentimientos y ánimos de venganza, nada más.

Se culpa al Poder Judicial y al Ministerio Público de tener mano blanda contra los delincuentes y por ello hay más, en las calles. No es cierto, los jueces y fiscales en últimos años han enviado tras las rejas a más personas que antes, pero por cada delincuente preso, aparecen más. Mejorará la lucha contra el crimen un mayor compromiso del Poder Ejecutivo que fortalezca a quienes tienen que hacer justicia; porque hay muchos delitos graves, que se quedan en investigación preliminar, sin llegar al Poder Judicial para ser juzgados, por falta de recursos y colaboración, entre otros.
Hacer justicia si bien es responsabilidad de jueces, también requiere un compromiso ciudadano. Existe mayor delincuencia, porque con el tiempo, lo hemos permitido. Hemos llegado a este problema como se hierven a las ranas vivas: primero con agua casi tibia y de a pocos se sube el fuego que la calienta y zas!, en un instante la rana adormecida, estará cocinada. No se pone una rana viva, en una olla de agua hirviendo, pues es probable que usted termine, con quemaduras.  El nivel de delincuencia, es el tránsito en el tiempo de una sociedad no preocupada en cumplir leyes ni en ser solidaria, situación que los más avezados utilizan a su favor.
Vivimos sin importarnos algo excepto nosotros. No nos comprometemos en causas sociales, no nos ha importado si algo sale mal, excepto cuando nos perjudica en lo personal. Hemos sido tolerantes hasta la desidia y al paso de los años, estamos como las ranas, hervidas.
Atrapar al choro y zurrarlo, sólo hace que seamos como ellos: gente que no respeta al prójimo. No somos bárbaros, podemos reflexionar y tomar decisiones adecuadas. Tenga cuidado que cuando se está en masa no se suele razonar y luego vienen los lamentos.
Pero siempre hay algo bueno en una campaña de atrapar al choro, y es el despertar de la solidaridad y compromiso, no para dejar a alguien paralítico, sino para que los delincuentes sientan que existe una comunidad que no es indiferente al delito y sepan las autoridades, que hay una ciudadanía atenta al cumplimiento de su deber.  Muchos delitos quedan impunes por nuestro silencio. Autoridades y pueblo tienen como enemigo común al crimen y deben colaborar en la solución.

Entonces querido lector, no olvide, que nada esta tan malo que no pueda empeorar (Murphy), así que a este sombrío panorama de delincuencia en aumento, no añada a sus problemas luchas contra la ley y el orden. No imite con violencia lo que tanto detesta, que se trata de combatir el crimen y no convertirnos en criminales; así que cuando chape un choro, póngalo en manos de la justicia y sea vigilante que el pillo no se salga con la suya.
(Publicado en el diario La República, en la fecha). 

lunes, 31 de agosto de 2015

A cocachos aprendí

En la formación escolar de mis años, enseñaban el poema de Nicomedes Santa Cruz “A cocachos aprendí”; eran tiempos en los que tener primaria completa no era usual como, hoy lo es, culminar la secundaria. El poema refiere las peripecias de un muchacho que no aprovecha el tiempo para convertirse en una persona de bien y con el paso del tiempo lo lamenta. Hoy en día, los “cocachos” y todo acto de violencia contra los niños, con acierto está proscrito; empero como nos gusta leer sólo parte la historia, estamos pasando al extremo de la irresponsabilidad.
Si hoy sentimos que la sociedad es violenta e insegura, en parte se debe a que formamos niños enseñándoles sus derechos, sin explicarles que estos van de la mano con los deberes. Se habla de los derechos del niño, pero no de sus deberes familiares, por eso creen merecerlo todo y pedir es su medio para lograr las cosas, olvidando el esfuerzo necesario. Si Juancito sólo aprende a pedir, Juan no será un hombre que cumpla sus deberes y con el tiempo será un irresponsable más.
Un ejemplo se ve en la justicia de familia, en que hay incremento de casos de menores infractores que, en historia común, empiezan con la desobediencia en la casa paterna, apoyada por uno de los padres; luego pasan al irrespeto de sus profesores en el colegio, secundada también por los padres y bueno de tanto ser irresponsable, se meten en problemas mayores al no respetar el derecho ajeno, son detenidos y llevados ante la Justicia.  Las historias son parecidas con un mismo final y ningún futuro.  Si algún escolar es agredido por un profesor y ello fue grabado en un celular, sancionemos al profesor, sin hacer héroe a quien, infringiendo normas, utiliza en aulas escolares un celular. 
Lo malo para los jóvenes es que tienen además referentes públicos en algunas personas mayores, que propagan esta cultura de irrespeto; se trata de gente, que cree que levantar la voz y hacer escándalo es parte de ser profesional. No cabe duda que los judiciales, estamos obligados atender a litigantes y a abogados y a tramitar con el mayor esmero sus procesos, pero ello se confunde por algunos que creen que libremente pueden andar importunando trabajos ajenos, y como lo malo se imita, van saliendo profesionales que ejercerán el derecho creyendo que la mejor preparación para un caso no es el estudio a fondo, sino el histrionismo espontáneo.
¿Cómo cambiar esta situación? Enseñando en casa, en aulas, en el trabajo y en todo lugar que si bien existen derechos, existen deberes; como dos caras de la misma moneda.  Uno no existe sin el otro. Tomemos nota que una campaña de vigencia de los deberes ciudadanos logrará que se respete más los derechos de todos.

Entonces querido lector, que la violencia urbana no lo espante, todos somos parte de la solución; hablemos por donde vayamos, que la vigencia de nuestros derechos, va de la mano con el cumplimiento de los deberes.  El futuro no debe ser tomado por legiones de pedigüeños sin obligaciones, sino por quienes respetan al prójimo pues son estos los que hacen valer los derechos de todos.  Que los cocachos, pasados al olvido, no regresen en forma de violentos ciudadanos.

(Publicado en el diario La República en la fecha)

martes, 4 de agosto de 2015

El Juez del bicentenario

En tiempos difíciles, como los que se viven, el modelo de Juez tradicional ya no es válido. Hoy se necesita jueces que ejerzan liderazgo, no por ostentar un cargo sino por su labor, que debe crear valor en el sistema de justicia. El liderazgo, suele verse erróneamente como la capacidad de arengar o motivar a un equipo y esperar resultados. No, el liderazgo es comprometerse con objetivos institucionales, con su equipo y con el servicio al usuario externo; no como discurso, sino como forma de gestión profesional.
Pep Guardiola, exitoso entrenador, enseña que uno de los elementos del liderazgo es la singularización, entendida como la atención que debe ponerse al desarrollo de los integrantes de un equipo, reconociendo cada mejora. El reconocimiento es una de las pocas cosas que mientras más se entrega, más se recibe.  Todos, sin excepción alguna, necesitamos crecer profesional y laboralmente; y si el Juez no lo fomenta tendrá un equipo que jamás rendirá a plenitud.
El Juez que lidera el trabajo colaborativo, sabe que sus logros, su ratificación en el cargo, el adecuado funcionamiento del órgano jurisdiccional o el buen resultado en una auditoría de control, no es sólo mérito de uno, sino también, de un equipo que trabaja unido. Cuentan que el conquistador de Almagro, encontró una forma de compromiso para que sus huestes lucharan por él hasta morir: él mismo luchaba a muerte por ellos.
El Juez debe ser un líder humanista, que comprenda el drama que viven las personas, pero sin perder la imparcialidad; debe ser claro, con el litigante que atiende, sin crearle expectativas, que no se hace una labor de consejería ni promesas.
El Juez es responsable de transmitir serenidad a su equipo y no angustias. El trabajo a veces es más complicado y difícil que lo usual; pero ello no le hace caer en pánico, sino que por el contrario, calma las aguas para que se trabaje mejor. Es conveniente dar confianza al equipo interno, para que con sus críticas, ayuden a mejorar el trabajo, de lo contrario el Juez será el último en saber sobre lo malo por corregir. El franco diálogo genera equipos de aprendizaje continuo.
En una sociedad, en el que las noticias se leen menos que sus titulares, el Juez debe ser firme ante las presiones externas e internas. Ni palmas ni abucheos orientan la labor; la reflexión serena, la autoevaluación y la evaluación interna, son las que guían. El Juez no busca amigos ni enemigos y sabe que mientras más cerca esté del poder, su imparcialidad se verá en peligro, pues la virtud no se lleva bien con el poder (Lucano).

Entonces querido lector, así como la fuerza del cocodrilo es mayor en el agua (entorno), la labor de un juez se potencia con un equipo comprometido como él. El Juez del siglo XXI, excede el modelo socrático de saber escuchar, responder, ponderar y decidir, sino que además es el servidor de la Justicia que no vive en una isla, sino que predica con el ejemplo y transmite su compromiso, convirtiendo cada problema en una oportunidad para el crecimiento profesional de todos. ¡Feliz día del Juez a todos los colegas!
(Publicado en La República el 03-08-2015)

lunes, 27 de julio de 2015

La Corte de Justicia del Bicentenario

Facundo Cabral solía decir que, lo que se perdía de gloria personal, se ganaba de eternidad; es decir, si desea trascender debe procurar que los esfuerzos propios busquen el beneficio colectivo; tal vez no lo recuerden, pero siempre lo tendrán presente. Esta idea va en contrapartida al individualismo actual, resumido en “gracias a mí, esto funciona”, lo que no es verdad. Las grandes instituciones, requieren líderes que guíen equipos de trabajo comprometidos en un buen servicio, con visión alineada hacia un objetivo común. Las individualidades permiten ganar partidos, producen aplausos y palmadas en el hombro, pero son los equipos los que hacen campeones a sus integrantes.
La Corte Superior de Justicia de Arequipa (CSJA), cumple 190 años de su instalación y antes de celebrar el bicentenario de la independencia nacional, tiene como reto llegar al expediente judicial digital para el año 2020; para lograrlo requiere del esfuerzo de todos, jueces, servidores jurisdiccionales y administrativos, comprometidos. Si no tenemos la misma visión, mejor buscar la puerta de salida.
Los adelantos tecnológicos en una institución, deben tener dos objetivos, el primero brindar un mejor servicio al usuario, que en el caso judicial permitirá la disminución de nulidades procesales y sobre todo reducirá el tiempo, pues justicia que tarda, hace sufrir a quien la busca; y para los jueces y servidores jurisdiccionales y administrativos, la posibilidad de trabajar mejor y recuperar la vida familiar y personal. Si no logramos ello, toda modernidad será más carga que beneficio.
En este camino de mejora, somos conscientes que los justiciables, en más de una ocasión han sentido algún maltrato o recibido alguna decisión que consideran injusta y/o tardía. Se trabaja para corregir ello, pese a que hoy nuestra sociedad vive una escalada de violencia y poco respeto a la autoridad y a las razones, lo que se ve reflejado en los expedientes judiciales y en los litigantes. Se está perdiendo la esencia de un proceso: buscar justicia, para convertirlo en un instrumento de venganza. Aplomo y mesura deben ser las insignias de quienes laboramos acá, teniendo cuidado de los lobos disfrazados de corderos, fácilmente identificables pues son aquellos que “jamás se equivocan y si algo les sale mal, culpan a un tercero”.
Hoy, la ciudadanía puede apreciar decisiones en la CSJA que protegen derechos y/o imponen sanciones a quienes las merecen; tal vez no gusten, pero no todos tienen la razón. El cuello y la corbata no hacen a alguien inmune a la justicia, eso debe reconocerse. Falta bastante, pero con la reflexión, trabajo en equipo y adecuado uso de la tecnología, el mañana tendrá los frutos esperados.
Entonces, apreciado compañero judicial, si bien la vida parece más dura que antes, jamás olvide, que las grandes personas no hacen grandes instituciones, sino que las grandes instituciones son obra de personas que trabajan en equipo, debidamente guiadas hacia un futuro común. Una mejor CSJA evidenciará que en su interior hay grandes líderes y personas; por el contrario una peor CSJA, desmerece a sus servidores; elijamos la primera opción, la ciudadanía se lo agradecerá, su familia, también.

(Publicado en La República el 27-07-2015)

martes, 28 de abril de 2015

¡A la cárcel todo Cristo!

Cuenta Ricardo Palma, que en un determinado pueblo, hubo una procesión en que algunos que representaban a Cristo, por un quítame esta paja, se liaron en batalla descomunal, por lo que ante tal desbarajuste, la Autoridad víctima de su impotencia, sólo optó en gritar ¡A la cárcel todo Cristo! y así que todos los disfrazados de Cristo detenidos; como no estuvieron identificados, se regresaron a sus casas.
Hace poco, culpando a otros de lo mal que andan las cosas que su sector, el Ministro del Interior, señaló que de 992 personas detenidas por la DIVINCRI en Lima, durante el verano, sólo 42 están en la cárcel por orden del Poder Judicial. Como se demostró luego, las más de las detenciones no ameritaban una prisión preventiva. En Arequipa, las cifras demuestran que de 136 pedidos de prisión 105 se concedieron; lo que demuestra que a pruebas presentadas, a los jueces ni les tiembla el pulso, ni conceden gracias.
Hay gente que debe estar presa, de ello no hay duda, pero no nos confundamos porque a la barbarie no se puede responder con arbitrariedad, sino con el respeto de los derechos fundamentales: acostumbrémonos a eso.
Es usual que en el dolor propio o ajeno queramos que el delincuente se pudra en la cárcel, pero más allá del instinto primario, no caigamos en la venganza ni la llamemos justicia. No es fácil, pero es la única salida, que el ojo por ojo sólo produce ciegos y con ello el futuro será negro. Para una víctima, la cárcel del denunciado, es la forma en que los pillos deben pagar sus fechorías, pero con el tiempo saben que nada les devuelve lo perdido: ni vidas, ni tiempo ni cosas.  Las cárceles si son necesarias, no son soluciones; se debe prevenir el delito.
Los impaciencia aumenta con comentarios de quienes creen que es deber de los jueces ordenar prisión aún sin pruebas. No, la función del Juez es hacer vigente los derechos de todos (por eso se le representa ciega, no porque sea una señora que va al mercado y no desea ver precios). Es difícil e impopular, pero es la única garantía que tendrá usted si por azares del destino alguien lo quiere molestar. Combatir la delincuencia no es sólo castigarla, sino reducirla con una acción pensada del Estado, en el que la educación y valores, sean parte esencial.

Entonces amigo lector, la solución a la delincuencia no es sólo enviar a la cárcel a todas las personas, sino prevenir el crimen; ya lo afirmó Pitágoras siglos ha, que en la medida que se abran escuelas, se cerrarán prisiones. Si creemos en la venganza, seguiremos expuestos al peligro de salir de la calle, con la única esperanza de que quien hizo daño muera preso; pero eso no hace que desaparezca la delincuencia y menos le da tranquilidad.  Necesitamos una sociedad segura en la cual salir a la calle no sea un peligro mayúsculo y que quienes estén presos sea porque era lo que correspondía.
(Publicado en la República el 27-04-2015)

lunes, 6 de abril de 2015

Errores y cambios procesales

Lo que Pilatos hiciera ante Cristo, lavarse las manos, ni fue un invento suyo, menos una ocurrencia para salir del paso.  Antaño y hogaño se procura sacar el ascua por mano ajena y si un tercero asume mi culpa o la responsabilidad por lo que hice, mejor para uno. Con este pensamiento, olvidamos es que si bien equivocarse no es bueno, lo malo se encuentra en no aprender del error y creer con el tiempo que lo que se hace, sea por terquedad o convicción, beneficiará a los justiciables, y si no sale bien, pues culpa de otro será.
Las últimas modificaciones al proceso civil (Ley 30293), ya vigentes, buscan agilizar el trámite de los procesos judiciales, identificando entre otros, tres grandes deficiencias que se venían presentando en los diferentes niveles del litigio.  A los jueces que califican demandas, les prohíbe rechazarlas por la causal de indebida acumulación de pretensiones, forma recurrente de pasar el caso a otro juez sin asumir responsabilidad. A los jueces que resuelven en segunda instancia, les ha prohibido anular resoluciones judiciales por la incorporación de prueba de oficio, que más que una búsqueda de una verdad objetiva se convirtió en una forma de dilatar la decisión sin riesgo. A los abogados de las partes, les exige un domicilio procesal en el que sea fácil notificarles (casilla judicial), pues los procesos se suelen dilatar por esta causa y por la dificultad que supone notificar cuando alguien se quiere esconder.

Los cambios normativos deben ser vistos como una oportunidad para mejorar el servicio que los litigantes esperan, tanto de los jueces, como de sus abogados. Aun si la norma no es perfecta, debemos esforzarnos en lograr su mejor aplicación.  

Los jueces necesitan abogados que expongan de manera clara los problemas de sus clientes y que ofrezcan los medios probatorios que permita darles la razón; y los abogados necesitan jueces que los entiendan y que apliquen el derecho que corresponde a los hechos que se logra probar en el proceso.

Endilgar culpas a terceros por yerros propios, solo sirve para que hoy uno pueda  sentirse bien, pero no ayuda al proceso, ni a ganar un juicio, menos a convertirse en un buen profesional.

Entonces querido lector, usted como yo, nos equivocamos, pero no nos lavemos las manos para ocultar el error, pues tarde o temprano se hacen públicas las limitaciones que todos tenemos. Si aceptamos que erramos, usemos ello como un punto de partida para mejorar, todos lo agradecerán. Los cambios procesales deben permitir un proceso más rápido, si nos lo proponemos; empero si creemos que hacíamos lo correcto, tantos jueces y abogados, es probable que el futuro sea tan complicado como el presente.

(Publicado en La República el 13.04.2015)

lunes, 10 de noviembre de 2014

No Valentín, así no vale Valentín


Ni hoy, ni mañana, ni pasado, es decir, jamás se justificará la muerte de una persona, menos en cumplimiento de una diligencia judicial; esta afirmación incluye el respeto a la integridad personal, no sólo de quienes se resisten a un mandato judicial, sino que también de quienes hacen cumplir tal orden.  Una sociedad civilizada que aspira a tener un futuro mejor, sólo se puede construir con respeto y razones, no con violencia ni comentarios vacuos.  La desgracia de Cajamarca, debe ser un punto de reflexión profunda sobre lo que hacemos en la sociedad y no el escándalo del que busca venganza y del que no aprendemos.
 
Debemos asumir responsabilidades y reconocer que si creemos en la culpa ajena y la santidad propia, seguiremos en empantanados y no podremos librarnos como sí lo hizo Hércules en situación similar. Hércules actuó y paleó, no se hizo la víctima, que las palas son para trabajar. No creemos héroes de la desgracia ni utilicemos muertos para llenar el molino propio, busquemos la manera de evitar más violencia. El presente que construimos es la base del futuro de nuestros hijos.

Los mandatos judiciales deben cumplirse, aun cuando no gusten.  Sé que el Poder Judicial, como otras instituciones, enfrenta un gran cuestionamiento público; pero se hace lo posible por ser transparentes. Ahora los jueces publicitamos nuestras decisiones a través del internet; cualquier ciudadano puede consultarlas y saber si le cuentan historias.  Un caso difícil, puede ser revisado hasta por 9 jueces, en diferentes niveles, hasta quedar firme. Una casa no se pierde por que sí, sino que se pierde porque quien era el dueño se comprometió con algo y no cumplió. Si 9 jueces le dicen que está equivocado y que las deudas se pagan, no crea a quienes dicen que no pasará nada, cada quien sabe qué se prestó y qué debe.

Un principio de la vida en sociedad es que si se asume una obligación, ésta debe ser cumplida, si hago daño a alguien debo indemnizarlo.  No se puede asumir deudas y ser feliz sin honrarlas, tarde o temprano le cobrarán. Ser valiente no es lanzar piedras ni blandir palos; tampoco, abusar de la fuerza. La valentía consiste en cumplir la palabra dada y respetar el derecho ajeno. Lo otro es vandalismo y eso no puede dejar como herencia a sus hijos, porque la vida será más difícil si los gritos superan las razones.

Entonces querido lector, sea como el tipo que, con una vela encendida, entró a una cueva oscura, llena de gente, pero al darse cuenta que seguía sin ver, decidió encender las velas de quienes las tenían apagadas, luego todo se hizo claro y pudo apreciar la cueva. No guarde su luz de la reflexión bajo un celemín, compártala y verá que las cosas mejoran. No sea de los que apagan velas, que la oscuridad de todos es lo que alimenta la corrupción y ésta es una de las desgracias que debemos vencer utilizando la razón.  Seamos valientes dejando a nuestros hijos un mejor mañana que el que recibimos.
(Publicado en la fecha en La República)

domingo, 27 de julio de 2014

Sin permitir que interrumpan nuestra educación

Cuando Bernard Shaw ironizó que su educación fue buena hasta que la interrumpió el colegio, estimo que se refería no a las escuelas, sino a los entornos en que éstas se desarrollan, es decir, a la sociedad en su conjunto.  Sabemos que el bajo nivel educativo de un país puede llevarlo a que no supere el subdesarrollo, pero el problema verdadero es creer que la mejora del nivel educativo es responsabilidad de colegios o de padres en casa, obviando que la obligación de mejorar la educación es de todos y fundamentalmente de quienes son autoridades en nuestra nación.

No es raro en estos días que pese a los empeños de padres y maestros, sigamos exhibiendo un pobre nivel de ciudadanos educados, con autoridades que no asumen su papel y culpan a otros de la educación, pese a que ellos mismos con sus conductas y apariciones ante la prensa, son el mal ejemplo que impide mejorar al país. Sí, hay autoridades que cuando declaran tiran por la borda todo empeño educativo de casas y colegios y como el mal ejemplo se imita, los ciudadanos aprenden que para tener éxito no se necesita ni ser educado ni reflexivo.

Citemos como ejemplo el caso de los fallos judiciales.  Si es que se expide alguna resolución que no es agradable a los ojos de determinada autoridad, ésta evidencia su intolerancia e incapacidad de reflexión saliendo ante la prensa; lanza su patochada, que parece un esfuerzo por desplazar al cómico Melcochita, y creyendo ser gracioso, denigra a la sociedad.  En estos días, el actual Jefe del INPE que, enfrentado a una resolución que no le gusta, en lugar de pensarla, señaló que ésta era un adefesio y la lección que dio es que suficiente es insultar y no guardar respeto por otras instituciones o el trabajo ajeno y debatirlo con razones correctas.  Ya no se tiene vergüenza alguna por hacer trizas a la decencia, formas y modales. 

Los jueces que pueden equivocarse, se esfuerzan en guardar respeto por la opinión ajena. Imagine si un juez fuera como estas autoridades y pusiera en blanco y negro lo que piensa sobre lo que dicen autoridades y abogados; no, los jueces se limitan en esgrimir razones que sustentan sus decisiones y por qué desestiman argumentos de las partes. Con aciertos y yerros los jueces se esfuerzan en argumentar y no en denigrar a las partes. Es un ejemplo que debe imitarse.

No es que se añore el retorno de los tiempos en que políticos y funcionarios eran caballeros, como don Fernando Belaúnde o dicharacheros certeros y elegantes como don Luis Bedoya.  No se busca que la caballerosidad sea una norma en la política y los funcionarios públicos, son tiempos pasados. Se necesita que todos reconozcamos nuestra responsabilidad por educar a las generaciones que nos ven y que hagamos del respeto y la reflexión dos normas de convivencia social.

Las autoridades no deben olvidar que el ejemplo es la mejor lección, que cuando están frente a una cámara no son parte de un show de pura diversión, sino que educan; no deben hacer de su cargo un traje del hazmerreir y del festejo en privado con sus asesores que, por desgracia, no tienen la valentía de advertirle que anda desnudo de ideas y razones y del daño que hace su violencia verbal a la sociedad.

Entonces querido lector, no festeje y haga gracia de frases simplonas porque alienta la patanería e irreflexión social. Todos somos responsables de educar a las generaciones que vendrán a reemplazarnos y si queremos juventudes pensantes, prediquemos con el ejemplo de la reflexión.  Como decía Einstein, la educación es lo único que nos queda cuando olvidamos todo lo aprendido; por lo que para intentar legar una mejor educación a nuestros hijos, parafraseando a Mark Twain no permitamos que las autoridades que no educan, tampoco interfirieran con nuestra educación y menos la de nuestros hijos; sólo así el futuro será mejor para todos.

jueves, 17 de julio de 2014

El guachimán Pacheco

En los años en que los sábados en las noches las familias se juntaban para ver Risas y Salsa, existía un sketch titulado “el guachimán Pacheco”, que interpretado por un joven Adolfo Chuiman, no aguantaba a nadie ni un queco; éste personaje era la versión moderna del valiente capitán Paiva de la Tradición “Al pie de la Letra” de don Ricardo Palma.  El divertido Guachimán al recibir una orden, la cumplía aun de manera irracional; para él, las normas se cumplían tal cual estén pintadas.  Lo gracioso del sketch era la ironía que supone actuar al pie de la letra aún en contra del sentido común.

Actualmente, en la temprana formación jurídica de futuros abogados, se dan los primeros acercamientos a las normas jurídicas y a la necesidad de interpretarlas. En aulas se utiliza un ejemplo clásico: La existencia de un parque inmenso que conmemora una batalla determinada, en el que al ingreso hay un letrero que dice “prohibido el ingreso de vehículos” y, sabemos que a quien vaya en una 4x4 o en un Tico no le permitirán entrar al parque, ésa es la zona clara de la norma; pero sucede que va una familia llevando a la abuela en silla de ruedas o tal vez al pequeño que aún necesita de su cochecito para pasear.  La pregunta es ¿les negamos el ingreso?, pues tanto una silla de ruedas o un coche de bebé son vehículos.  Algunos creen que sí pueden ingresar porque no tienen motor así que adentro y, sin querer queriendo, interpretaron que un vehículo para ser tal, necesita de un motor (ergo no pasaría una silla de ruedas moderna que ya viene con su motor). Lo curioso es que en esta interpretación, uno ya se sale del texto de la norma.

Otros señalan que la norma, en un parque, busca que las personas disfruten un descanso seguro, por lo que la prohibición está dirigida justamente a los vehículos que causan peligro a los demás: una silla de ruedas y un coche de bebé no suponen peligro para terceros, así que adentro y a divertirse.  En aulas es raro encontrar a quien diga, nones a la anciana y al pequeñín y, si quieren ingresar al parque, que camine la doña y que gatee el infante; raro, porque los guachimanes Pacheco en el derecho moderno están en vías de extinción.

El ejemplo permite entender la necesidad de interpretar las normas y no ser meros aplicadores de textos sin entender su contenido. En el derecho existen diferentes métodos de interpretación y todos ellos con una sola misión: “encontrar el correcto significado a una norma jurídica”.  Un estado constitucional de derecho, exige a los jueces que al aplicar las normas, las interpreten y que motiven sus decisiones para su aceptabilidad.


Entonces querido lector, los jueces ni somos capitanes Paiva, menos guachimanes Pacheco, que sin reflexión alguna se pegan al pie de la letra.  Cada norma tiene una razón de ser y es la que se debe descubrir y aplicar; de lo contrario, en el parque en mención, si una persona sufriera un grave accidente y se requiriera del ingreso urgente de una ambulancia, el famoso Guachimán no deja pasar el vehículo y peor aún, si el chofer fuera el capitán Paiva, desde el volante de tal vehículo se encogería de hombros, maldeciría la norma y no haría algo por intentar salvar la vida ajena; por fortuna esos tiempos ya pasaron.